Ya solo consumo letras en el transporte público madrileño. De hecho, esa es la definitiva excusa que me queda para no dejarme arrastrar por la comodidad y claudicar definitivamente respecto a conducir hasta mi centro de trabajo, emitiendo muchos litros de dióxido de carbono y toneladas de cortisol. Por suerte o por desgracia, viviendo en la capital del reino, cuento a diario con casi tres horas —sumando la ida y la vuelta— para leer, por lo que puedo permitirme el registro anual de una buena lista de publicaciones.
Como explica el epígrafe que acompaña al título de este artículo, últimamente me siento un cascarrabias en todos los aspectos vitales y, como es lógico, en la lectura no lo soy menos. Soy incapaz de concentrarme en textos mal redactados, pero aún mucho más esfuerzo me requieren los bien escritos que no logran seducirme; me exasperan esas sucesiones de párrafos, impecables técnicamente, repletos de naderías y que carecen de combinaciones luminosas de palabras, a menudo con una crítica favorable por parte de los supuestos expertos.
Si tuviera que elegir una temática, por razones tan personales como obvias, me quedaría con cualquiera que directa o indirectamente esté relacionada con la naturaleza. Cada noche, antes de dormirme, escucho los aullidos de los lobos que describió Jack London, siento el frío junto a Shackleton en Isla Elefante, aún hago amago de abrocharme el cinturón en el vuelo 714 para Sidney, grito “Dersuuuuuu” junto al Coronel Arseniev en el corazón de la tormenta siberiana, y trato de convencer a Christopher Macandless para que escape del autobús perdido en Alaska antes de que sea demasiado tarde.
Viajando en mi amada línea C-5 de Cercanías, una trampa ferroviaria con menor frecuencia y peor servicio que el tren del desierto de Mauritania, hay días gloriosos en los que un texto de naturaleza me biopsia el tuétano. Es entonces cuando levanto la cabeza —como un suricato— desde las páginas abiertas y busco la complicidad de otro pasajero para poder compartir la epifanía que acabo de experimentar.
Esos fuegos artificiales corticales, desgraciadamente, se están rarificando y pocas veces en los recientes años me he visto obligado a arrastrar la vista desde un fuego fatuo prosaico en busca de una imposible empatía.
La RAE define «literatura» como “arte de la expresión verbal”. A mí, dentro de esta escueta explicación para un concepto tan vasto, me obsesiona el significado profundo de la palabra «arte»; buscando sus acepciones, tanto en la referida Real Academia de la Lengua como en otros diccionarios, he podido corroborar que sus definiciones son absolutamente decepcionantes y raquíticas, lo cual se me antoja muy sangrante desde un punto de vista estético.
Masticando mi decepción y pasado un tiempo prudente de asimilación, he convenido que no existen descripciones a la altura de su significado porque el conjunto de esas cuatro letras contiene de forma intrínseca un componente emocional no desmenuzable desde un vocabulario formal.
Decía Borges que en la palabra «Nilo» cabe un río completo. Yo pienso que en las dos sílabas de «arte» entran juntos el Nilo, el Amazonas, el Himalaya, la nebulosa de Orión y las puertas de Tannhäuser.
El caso es que, con ese respaldo lingüístico tan endeble, no me extraña que yo no sepa —ni probablemente nadie— explicar a ciencia cierta, y menos definir con precisión, a qué nos estamos refiriendo cuando hablamos, discutimos o escribimos sobre «literatura de naturaleza».
Independientemente de mis conflictos semánticos, de la pandemia a esta parte, la sociedad del bienestar de este país ha descubierto el trekking, la bici eléctrica, la supervivencia en pelotas, al imbécil de Frank de la Jungla, los baños de bosque, el glamping y la tarjeta de fidelidad del Decathlon. Consecuentemente, esta nueva estirpe de consumidores de lo salvaje, muy a menudo urbanitas, ha decidido adquirir bibliografía para exprimir al máximo las posibilidades de sus salidas de fin de semana o del pack de aventura contratado para la despedida de soltero de uno de sus amigotes.
En la mayor parte de los casos, dichas hordas de exploradores de la raspadura medioambiental consumen guías de viaje que les permitan interpretar superficialmente paisaje —y a ser posible los restaurantes competitivos de la zona— y, en menor grado, identificar su fauna, la flora o su geología. Un porcentaje todavía mucho más bajo decidirá entrar en los fangos de la literatura canónica, bajo esa equivocada aproximación de que todo lo que necesitan se encuentra en el interior de su dispositivo móvil o, todavía peor, repitiendo ese nuevo mantra que, escupido desde el púlpito digital de los influencers más ambiciosos a la par que lerdos, defiende que leer está sobrevalorado.
En este sentido, Víctor J. Hernández, gerente de la conocida editorial Tundra, me confesó que, aunque lo ha intentado, la literatura de naturaleza ficcionada no ha funcionado en su empresa y ya no se atreve a publicar nada de este rango.
No deja de ser paradójico, por otra parte, que cuanto más está siendo maltratado el medio natural, es decir, el indiscutible sujeto del género que nos ocupa, más florecen las publicaciones que lo tienen como protagonista. Haciendo oídos sordos a esta bonanza editorial, parece que nuestros representantes democráticos no se han dado cuenta del potencial económico que supone el extracto de población fluctuante hacia la sección verde del espectro verde de su cotidianidad. Tampoco lo están comprendiendo del todo en el sector empresarial, pues no aciertan a crear y ofrecer, de una vez por todas, un producto de turismo sostenible y de calidad. Pero, sin lugar a dudas, lo más sangrante es que los escritores de naturaleza, que se podrían plantear un gris entre la estricta divulgación científica y aquel sensacional «Yo, poeta, popular, provinciano y pajarero…» de Neruda, no están siendo capaces, en mi humilde opinión, de tocar la tecla motivacional de un público que necesita menos información rápida y mucho conocimiento a fuego lento que, con su justa dosis de belleza, provoque sensaciones a flor de piel.
Volviendo a mi problema con las definiciones, asistí en Letras Verdes a una charla de Gabi Martínez, creador del término liternatura y punta de lanza actual de la disciplina en nuestro país, siendo responsable, entre otros títulos, de “Delta” (fue Robinson Crusoe en la Isla de Buda) y, recientemente, de “Animales invisibles”, obra de la que ha sido mecenas el mismísimo Rey de Góndor (Viggo Mortensen avala económicamente y prologa la obra). En el penúltimo Encuentro de Literatura de Naturaleza y Mundo rural celebrado en Buenavista del Norte, le escuché afirmar que lo que él escribe es «vanguardia y arte». Me quedé de una pieza, admiré su cuajo y le envidié al instante, no tanto por la calidad de su obra, sino por la absoluta confianza en la valía de su trabajo.
Solo comparto con Gabi Martínez el pozo de la inspiración —el periodista César J. Palacios me comentó que el renombrado autor barcelonés podría ser el «kwisatz haderatch» del nature writing que ambos estamos esperando—, aunque yo no sea capaz de extraer de sus profundidades insondables nada de vanguardia y menos arte.
Aun así, como parece que le sucede a Martínez, es dentro de la versión más clorofílica de la redacción donde yo personalmente soy capaz de evolucionar con más facilidad como creador, aunque tristemente esto no se traduzca en éxitos de ventas. He asumido, desde hace ya algún tiempo, que lo que más me atrae tanto de la naturaleza, como de la escritura y la lectura, es su faceta más afectiva. Actualmente, no me interesa tanto aprender —ojo, no digo que el conocimiento sea superfluo—, sino que el texto, lo haya escrito yo u otro autor, me produzca un escalofrío. Quizá —me justifico con frecuencia a mí mismo— ya haya acumulado todos los datos superfluos que intelectualmente puedo asumir y actualmente me he convertido en un buscador de esos instantes en los que el hemisferio cerebral izquierdo en taquicardia no puede evitar comprometer al derecho.
Soy, a su vez, muy consciente de que conseguir que el sistema nervioso autónomo del lector reaccione antes a que se active la consciencia experiencial del texto —es decir, la quinta esencia del disfrute artístico—, es algo complicadísimo, no reproducible o enseñable, y está solo al alcance de un puñado de escritores con mayúsculas que nacieron con el don y lo afilaron como arma de destrucción masiva a base de quemar horas frente a muros de páginas en blanco.
«Aquí yace aquel cuyo nombre fue escrito en el agua», reza el epitafio del poeta John Keats en su lápida. En esa sola frase, esculpida en el primer cuarto del siglo XIX, hay más literatura de naturaleza que en muchos de los libros que yo he leído.
Como en tantas otros ámbitos, excepto en corrupción urbanística —en este exigente campo somos los mejores—, creo que en España vamos retrasados en lo que a creación literaria de naturaleza se refiere. Sería fácil nombrar referencias internacionales, ligadas a libros desgarradores: Gerald Durrell (especialmente en la trilogía de Corfú, que me abrió los ojos a un mundo que no creía que podía existir), Barry López (con “Sueños Árticos”, una segunda revelación), Rachel Carson (con “Bajo el viento oceánico”, que es auténtica poesía costera), y J.A. Baker (con “El Peregrino”, mi top uno en esta categoría), representan cuatro ejemplos de autores y obras que consiguieron destapar el tarro de las esencias.
En nuestro territorio patrio, dentro de mi discreta experiencia, se ha acariciado el cielo por autores que no escribieron en sentido estricto de la naturaleza, aunque esta les sirviese de imprescindible decorado e hilo conductor para sus obras. Emilia Pardo Bazán con el soberbio “Los pazos de Ulloa”, Miguel Delibes con su retrato descarnado de la esclavitud feudal en la Extremadura de “Los santos inocentes” y el relato mágico de las últimas fragas gallegas de Wenceslao Fernańdez en “El bosque animado”, son trabajos conmovedores de calidad indiscutible.
A otro nivel, fuera de la ficción, he paladeado ambrosía y he sido electrizado puntualmente con “Para qué sirven las aves” de Antonio Sandoval; también con el retrato familiar de Carmen Conde Núñez en “El Vuelo de las grullas”; Joaquín Araujo me ha tocado fibra puntualmente con algún verso; e incluso —la magia llega cuándo y dónde menos te lo esperas—, muy recientemente, con la declaración de amor de Alfonso Rodrigo hacia su Villafáfila en “A la Sombra de Gigantes”.
Es justo, a su vez, reconocer que hay una nueva hornada de escritoras que, escarbando en sus profundas raíces rurales, están zarandeando los cimientos literarios con un desparpajo insólito. He podido conocer en Letras Verdes a algunas de ellas y puedo dar fe de que María Sánchez, Acerina Cruz, Virginia Mendoza, Juli Mesa, Lana Corujo y Elena Correa, a pesar de su juventud, están en proceso de cambiar las reglas del juego.
«Literatura» es una palabra de hechuras astronómicas y no debe ser tomada tan a la ligera como estamos haciendo. «Naturaleza» es un término todavía más grande y solo unos pocos elegidos han sido capaces de constreñir este segundo concepto dentro del primero. Hay muchos libros publicados en España sobre naturaleza, pienso que es muy bueno que sea así, pero, sin que esto implique necesariamente algo negativo y en mi opinión, muy pocos se pueden considerar literatura.
De lo que sí estoy convencido es de que el respeto, la necesidad y el gusto por el sistema de referencia científico se está perdiendo en el ciudadano medio y esta es una de las causas del auge del negacionismo y de las teorías conspiratorias. Lamentablemente, un espeluznante porcentaje de la sociedad asume en la actualidad que la ciencia es una cuestión de fe: una suerte de religión en la que desde el sofá se puede decidir si creer o no creer.
Sospecho que solo el indefinible «factor artístico» que lleva implícito el concepto de literatura dentro de su escueta definición, y la sensibilidad que este resorte puede activar en el lector, será capaz de crear el estado adecuado para que aquellos que habiéndose acercado a las letras de un buen libro que aúne Ciencia y Naturaleza, salgan distintos al acabar el último párrafo de la obra y, en el más idealista de los casos, con ganas de cambiar el mundo.
Elisabeth Hardwick, una crítica y escritora norteamericana, dijo sobre la literatura: «es barata, consuela, excita, te da el conocimiento del mundo y la experiencia de una amplia clase. Es una iluminación moral».
Si con ese deflector ético queremos encender e iluminar la mancha de necedad, ignorancia, inmediatez y mediocridad reinante, debemos crear obras que cambien el ritmo cardiaco al lector, rompan sus prejuicios y alteren sus biorritmos.
Marcus Zusak, un escritor australiano de éxito, escribió: «A veces lees un libro tan especial que quieres llevarlo contigo durante meses, incluso después de haberlo terminado, sólo para estar cerca de él».
¿Con cuántos libros de naturaleza os ha pasado esto? Seguro que vuestra respuesta no lleva asociada un gran número de obras y, aunque me temo que no va a ser así, querría creer que alguna de ellas es española. En cualquier caso, podéis estar seguros de que los títulos en los que habéis pensado son pura literatura.
Mañana en un vagón de Cercanías atestado, escuchando la música ratonera y las risas de lata procedentes de los vídeos de aquellos que no consideran que deben usar unos cascos en los espacios públicos, volveré a abrir esas solapas físicas que a veces esconden felicidad etérea y en el interior de sus páginas esperaré, un día más, encontrar el advenimiento del Barry López riojano, la Rachel Carlson gallega, el Gerald Durrell valenciano o el J. A. Baker tinerfeño.
Sé que un lunes cualquiera, tras leer un párrafo aparentemente anodino, algo inconsciente e inexplicable desde nuestro lenguaje estallará en el interior de mi cerebro. Una vez contrastado el acto reflejo con mi memoria, levantaré la cabeza buscando la respuesta de un viajero que esté jugando al candy crush, para tratar de convencerle de que acabo de volver al origen de todo: al relato de una buena historia a la llama de la hoguera, mientras fuera de la cueva aúllan las bestias.
«En el bosque están todas las historias contadas y las que no serán contadas», pronunció Carlos de Hita en la última edición de Letras Verdes, citando a Ana María Matute.
Es doloroso —por obvio—, y al mismo tiempo un alivio, aceptar que es la Naturaleza el lugar al que todos los que tratamos de escribir literatura tenemos que regresar.






